Cadáveres de florecillas descansan sobre la cama de un cuarto de hotel congelado en el tiempo, descansan marchitas de olvido, sumergidas en la tristeza y el cansancio de intentar despertar las sonrisas muertas que quedaron después de las tormentas de la arrogancia de mi ser.
Cada vez que te miro a los ojos, veo a una niña llena de alegría que grita por amor y libertad más allá del vidrio, obligada a calmarse por la mujer que llena de rabia y orgullo se erigió como un roble entre las sombras de mi abandono, esa misma mujer que hoy profesa que me ha perdonado entre palabras llenas de dolor.
Se que hay mucho más que entender en tu silencio, que en el bullicio de mis disculpas, tantas palabras que en resumen solo evidencian mi torpeza de no haber visto lo importante que eras para mi, que fui solo un tonto que se dejó engañar por las trampas del destino buscando excusas para alejarte de mi lado.
Hoy estoy a aquí, a siete mil años de distancia de nuestro encuentro, estrellando mis memorias de amor contra las paredes de esta prisión de soledad acompañada, buscando reescribir nuestra historia para darle un tono más feliz a nuestros recuerdos, cual ingenuo que aún sigue buscando la solución a la guerra fría.
Me perderé nuevamente en tus recuerdos, como una promesa rota de amor con un para siempre inconcluso, me desvaneceré de olvido entre tus memorias de felicidad, seré solamente una historia difícil de contar, el cuento de un mago para entretener a tus nietos, una fábula de amor y libertad, o simplemente una página rota en la historia de la mujer que más amé en mi vida.
Eduardo D’Attellis
50408SF
